autor desconocido•hace 4 años El paso de pandemia se hizo presente al interior de los establecimientos el aumento de la violencia física (un 38% respecto al 2019), crisis de pánico, crisis de ansiedad, entre otros (Laborde , 2022), y poco a poco pareciera que hablar de salud mental ya no forma parte del ámbito personal, sino que se ha vuelto una temática social, sin embargo, visibilizarlo no es suficiente, necesitamos intervenir para generar acciones.Con el término de la escolaridad, los/as/es adolescentes viven procesos de cambio, tomas de decisiones y aceptación de responsabilidades, lo cual aumenta el estrés al que están expuestos (González y Silva, 2019).Todo esto requiere de herramientas psicosociales que hagan mucho más llevadero el proceso, las cuales no son parte de la escolarización, por lo tanto, muchos/as/es de los/as/es adolescentes no las han desarrollado, a pesar de tener nociones de ellas. A través de nuestro proyecto decidimos trabajar 3 ejes fundamentales: El autoconocimiento se entiende como la capacidad de conocerse a uno mismo, reflexionando sobre las propias características, personalidad, intereses, fortalezas, debilidades, centrándose en la dimensión interna y profunda de cada uno/a/e, es decir, la psicogénesis (García, 2017), de esta manera permite decidir de manera consciente temáticas relacionadas a lo vocacional, establecer límites en las relaciones sociales, entre otros aspectos (García, 2017).Por otra parte, la empatía es un factor importante en la disminución de la violencia, ya que permite la sensibilidad emocional y la capacidad de comprender las consecuencias negativas de los actos para sí mismos y para otros/as/es (Nardecchia, Casari y Briccola, 2016). De esta manera, se destaca una relación significativa entre la empatía y las conductas prosociales, sin embargo, algunas investigaciones postulan que trabajar esta habilidad no es suficiente para disminuir las conductas agresivas, además se debe considerar la regulación y exploración emocional, como eje fundamental para que los/as/es adolescentes experimenten la empatía y se pueda facilitar la disposición prosocial (Nardecchia, Casari y Briccola, 2016; Garaigordobil, Martínez-Valderrey y Aliri, 2013).De esta manera, la exploración y regulación de emociones viene a completar el esquema de trabajo propuesto, vinculándose a una mejor calidad en las relaciones sociales y alto bienestar subjetivo (Cabello Gonzalez, Fernández-Berrocal, Ruiz-Aranda y Extremera, 2006), que implica no solo ser consciente de las emociones que se presentan, sino también aprender a canalizarlas de manera efectiva, ya que si no se exploran, pueden llegar a expresarse a través de conductas violentas, inseguridades, miedos irracionales, entre otros (Serrano y García Álvarez, 2010), lo cual se agudiza en espacios donde solo se relacionan entre hombres, ya que socialmente no es aceptado que expresen o indaguen en su mundo emocional (Jiménez-Moya, Carvacho y Álvarez,2020). Es aquí donde la validación emocional se vuelve clave para consolidar y abrir espacio a lo sentimental, contribuyendo al bienestar, reconocimiento y manejo óptimo de emociones, siendo fundamental no sólo los/as/es adolescentes validen lo que sienten ante diversas situaciones, sino también lo hagan sus figuras de cuidado y personas significativas del entorno, dando paso a la expresión de lo emocional y subjetivo (Quintero et alt., 2014).Hay 3 principales ejes en los que centraremos la discusión para entender de manera acabada la problemática que se presenta.El bienestar emocional, en gran medida, tiene relación con las problemáticas sociales que nos rodean y se expresan de diversas maneras en las personas, de acuerdo a sus vivencias e historias de vida, así, “el verdadero problema humano que siempre late tras un problema social es el malestar emocional o subjetivo, esto es, el dolor, la infelicidad y el sufrimiento que causa en las personas” (Bericat, 2016, p. 87).El machismo se presenta como un componente internalizado en los aspectos culturales y sociales de Chile, lo cual va afectando en los roles y estereotipos de hombres y mujeres, limitando los comportamientos y expresiones de las personas en torno a lo que es aceptado dentro de la colectividad, afectando el autoconcepto y la forma en que los/as/es individuos se perciben a sí mismos y sus capacidades (Jiménez-Moya, Carvacho y Álvarez, 2020).En este sentido, los espacios formativos se vuelven fundamentales, ya que el mundo de la educación y el contexto familiar es donde los/as/es estudiantes pasan la mayor parte del tiempo y, por lo tanto, muchas de sus características, pensamientos y conceptualizaciones son desarrolladas y reforzadas en estos espacios (Jorquera, 2010). Por lo que la escolarización es un espacio clave, en donde se transmiten prácticas que prolongan los estereotipos machistas en los hombres, no permitiendo mostrar su vulnerabilidad, explorar el mundo emocional, o expresar sus sentires, ya que dentro de la jerarquía social son considerados figuras que ejercen poder y que ante la sociedad no se pueden mostrar “débiles” (Rodríguez Kauth, Marín de Magallanes y Leone de Quintana, 1993).De esta manera, el universo de lo emocional no es considerado en el plano de la educación, a pesar del importante rol que juega a la hora de generar procesos de enseñanza aprendizaje, tendiendo a minimizarlo o ignorarlo, sobretodo en niveles educacionales más altos (García, 2012). De la misma manera existe una falta de protocolos y saberes sobre las habilidades psicoemocionales que debiera manejar el docente y traspasar a sus estudiantes al interior de la sala de clases (García, 2012), lo cual se ha agudizado con el regreso a la presencial y el paso de la pandemia, provocando que todo lo reprimido se exprese explosivamente a través de conductas violentas y donde los/as/es adolescentes no entienden como explorar su emocionalidad (Troncoso, 2022).Los efectos que ha generado la falta de espacios para trabajar la dimensión emocional en los colegios se expresa de diversas formas, agudizándoese con el regreso abrupto a la presencialidad luego de meses de cuarentena (Troncoso, 2022).Si bien, lo presencial trae beneficios respecto a la comunicación, una mejora en los procesos de enseñanza-aprendizaje, entre otros, los/as/es adolescentes se ven afectados por la falta de contacto físico y social, que durante casi dos años los mantuvo comunicados con sus pares solo a través de pantallas y medios digitales, lo cual afectó directamente sus habilidades sociales y la forma de percibirse a ellos y su entorno (Troncoso, 2022).El aumento de la violencia en los colegios es una expresión de esta problemática, que viene a visibilizar las pocas herramientas que tienen los/as/es adolescentes para canalizar sus emociones, no encontrando un espacio donde expresarlas y que estas sean validadas de manera adecuada por quienes les rodean (García, 2012). En los liceos de hombres ha aumentado un 38% la violencia física desde el año 2019 hasta mayo de 2022 (Laborde, 2022), cifras que preocupan a las comunidades educativas y hacen un llamado a abrir espacio a lo psicoemocional.Sin embargo, la pandemia no es el causante de estas problemáticas, sino más bien, vino a detonar algo que se venía arrastrando de hace mucho tiempo y que solo se agudizó con el encierro, un sistema social donde la salud mental no es relevante, y donde el machismo que existe a nivel estructural no da lugar a la expresión de lo afectivo desde la figura masculina, esto se expresa a través de los altos índices de depresión que presentan los hombres y el alto número de suicidios que se ha mantenido por años (Goldstein, 2021). Si bien, durante la pandemia el número de suicidios bajó respecto a años anteriores, en los/as/es adolescentes aumentó el número de suicidios frustrados, cifra que es mucho más alta si solo nos enfocamos en adolescentes identificados como hombres (Goldstein, 2021).Si bien con el proyecto no pretendemos cambiar el modelo cultural en cuanto a estereotipos que existe en Chile, que se vive a nivel social ni tampoco arreglar la educación a nivel país, si es necesario generar una educación consciente, donde se dé espacio a lo emocional, validando los sentires sin importar el género de quien lo expresa, para no solo poder mirarnos, sino también poder sentirnos.